¿Puede el Psicoanálisis ser antipunitivo?



    ÉTICA Y POLÍTICA DEL CUIDADO RADICAL 

    En las grietas de la vida cotidiana —ese reproche automático a un ser querido, la autocensura por “no aguantar” un trabajo inhumano, el diagnóstico rápido que estigmatiza— se esconde una maquinaria cultural que el psicoanálisis antipunitivo busca desmontar. 

    No es solo una teoría más: es un giro epistemológico que desvela cómo el castigo funciona como tecnología de control social, transformando malestares estructurales en faltas individuales. Como reveló Foucault en Vigilar y Castigar, a partir del siglo XVIII el suplicio público se transformó en castigo carcelario: ya no se torturaba el cuerpo, sino que se disciplinaba el alma a través de la culpa. Este control se internaliza y opera como autocensura, convirtiéndose en una forma invisible de dominación.

    Freud anticipó este mecanismo al mostrar cómo la civilización exige renuncias pulsionales que generan neurosis, pero se detuvo antes de indagar lo social y político que sostiene ese malestar. Rita Segato, en Contra-pedagogías de la crueldad, amplífiica esta mirada: “El punitivismo no es solo ley: es la gramática íntima con que leemos el sufrimiento ajeno”. 

    La lógica del castigo se infiltra en relaciones y discursos, patologizando dolores que muchas veces son respuestas a injusticias sistémicas. Una madre diagnosticada como depresiva crónica mientras cría a tres hijos sin agua potable; un migrante tildado de agresivo por defenderse de requisas policiales; una amiga que se llama a sí misma fracasada por no prosperar en un sistema laboral excluyente. En cada ejemplo, la maquinaria punitiva convierte la injusticia en patología.

    Interrumpir este circuito implica desplazar la culpa por responsabilidad histórica. La culpa paraliza, individualiza el sufrimiento, bloquea las posibilidades de acción. En cambio, preguntarse qué condiciones materiales y simbólicas hicieron posible ese dolor abre nuevas formas de escucha y cuidado. El diagnóstico clínico, cuando se convierte en veredicto, puede clausurar sentidos y subjetividades. Pero leído como síntoma político, revela jerarquías de poder: un trastorno límite en una mujer migrante quizá cifre las fronteras que desgarran su identidad; un TDAH en un niño mapuche puede ser resistencia a una educación colonial.

    Como planteó Guattari en Las tres ecologías, “no hay cura individual en un mundo enfermo”. Identificar gestos de insumisión —la rabia de una trabajadora sexual que denuncia abusos policiales, la anorexia de una adolescente queer que rechaza un cuerpo normativo— permite resignificar esas experiencias como actos políticos y no meros desajustes.

    El antipunitivismo es la revolución ética de nuestro tiempo porque devuelve al sufrimiento su dimensión colectiva. Curarnos implica, inevitablemente, transformar el mundo que nos enferma. Marie Langer lo resumió así: “No hay neurosis que no sea también la metáfora de una sociedad enferma”.

    La cura antipunitiva no comienza en el diván: nace cuando reconocemos que el grito más íntimo es también un eco de luchas colectivas por dignidad.




    Lecturas recomendadas

    • Michel Foucault, Vigilar y castigar

    • Rita Segato, Contra-pedagogías de la crueldad (CLACSO)

    • Miguel Benasayag, Culpables

    • Kimberlé Crenshaw, Cartografía de la interseccionalidad

    • Félix Guattari, Las tres ecologías

    • Angela Davis, ¿Son obsoletas las prisiones?

    • Franz Fanon, Piel negra, máscaras blancas

    • Giorgio Agamben, Lo abierto


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